Pequeña reseña
El otro país de América del Norte nació al revés que su vecino: sin declaración de independencia, sin guerra contra su metrópoli, por una ley firmada en Londres en 1867 y una autonomía que se fue ganando papel a papel durante más de un siglo. Canadá es la unión negociada de colonias británicas y de la antigua Nueva Francia, un país bilingüe construido sobre territorios de pueblos indígenas cuyos tratados —y cuyas violaciones— siguen litigándose hoy. Con la décima parte de la población de Estados Unidos, comparte con él la frontera sin fortificar más larga del mundo, y su historia es la de una pregunta permanente: cómo ser distinto del gigante de al lado sin dejar de ser su socio.
Su formación como país · En tres tiempos
El territorio canadiense fue primero francés: Jacques Cartier reclamó el golfo de San Lorenzo en 1534 y Samuel de Champlain fundó Quebec en 1608. La Nueva Francia vivió del comercio de pieles, aliada con los pueblos hurones y algonquinos contra los iroqueses, hasta que la Guerra de los Siete Años la decidió: con la caída de Quebec en las Llanuras de Abraham (1759) y el Tratado de París (1763), Francia cedió Canadá a Gran Bretaña. Los británicos gobernaron con pragmatismo: el Acta de Quebec (1774) garantizó a los francocanadienses su lengua, su religión católica y su derecho civil. Cuando las trece colonias del sur se independizaron, miles de «leales» al rey huyeron al norte: Canadá se pobló, en buena parte, de gente que había rechazado la revolución americana. Las rebeliones de 1837–1838 en el Alto y el Bajo Canadá, aplastadas pero escuchadas, trajeron el informe Durham y el Acta de Unión (1840): el camino sería reformas, no fusiles.
El nacimiento formal fue una negociación entre colonias y con Londres. Las conferencias de Charlottetown y de Quebec (1864) juntaron a las provincias marítimas y a las dos Canadás —la inglesa y la francesa— ante dos miedos compartidos: la poderosa república del sur, que acababa de salir de su guerra civil, y el costo de defenderse solos. El resultado fue la Ley de la América del Norte Británica, aprobada por el Parlamento de Londres: el 1 de julio de 1867 nació el Dominio de Canadá, una federación con gobierno propio y con John A. Macdonald como primer ministro. El Dominio creció comprando y negociando: adquirió las inmensas tierras de la Compañía de la Bahía de Hudson (1870), y la Columbia Británica entró en 1871 a cambio de la promesa de un ferrocarril transcontinental, terminado en 1885. Esa expansión al oeste se hizo sobre pueblos indígenas y métis que no fueron consultados como socios: la resistencia del río Rojo (1869–1870) y la rebelión del Noroeste (1885), encabezadas por Louis Riel, terminaron con su juicio y su ahorcamiento, una herida todavía viva en la memoria francófona y métis.
Canadá no tuvo un día de independencia porque tuvo un siglo de ellas. Cada generación arrancó una atribución más a Londres: el manejo de su política exterior, el Estatuto de Westminster (1931) que lo hizo legislativo plenamente autónomo, una ciudadanía canadiense propia (1947), la bandera de la hoja de arce (1965) y, por fin, la «patriación» de 1982: la Constitución quedó en casa, con una Carta de Derechos y Libertades, firmada por la reina Isabel II en Ottawa. El detalle que la memoria no olvida: el gobierno de Quebec no suscribió ese acuerdo constitucional de 1982, una asignatura que los intentos de Meech Lake (1990) y Charlottetown (1992) no lograron cerrar. Canadá nació, así, de la manera opuesta a sus vecinos: no rompiendo con el imperio, sino convenciéndolo por etapas —y dejando para después la conversación con Quebec y con los pueblos indígenas, que aún continúa—.
Las guerras que lo marcaron
Guerra de 1812
La causa. Estados Unidos declaró la guerra a Gran Bretaña por los abordajes e impresiones de sus marineros en la guerra contra Napoleón, y sus ejércitos invadieron el Alto y el Bajo Canadá suponiendo —como dijo Jefferson— que conquistarlo sería «una mera cuestión de marchar».
El desenlace. La invasión fracasó en todos los frentes: las milicias canadienses, las tropas británicas y los aliados indígenas de Tecumseh rechazaron los ataques en Detroit, Queenston Heights y Châteauguay; la guerra terminó con el Tratado de Gante (1814) y las fronteras intactas, aunque Estados Unidos quemó York (la actual Toronto) y los británicos respondieron quemando Washington.
La huella. Para Canadá, 1812 es su mito fundacional: la vez en que no quiso ser americano y lo defendió. La alianza con los pueblos indígenas de Tecumseh fue decisiva y luego mal pagada: tras la guerra, los pueblos originarios perdieron a su protector británico y comenzó su despojo sistemático en ambos lados de la frontera.
La ficha de Estados Unidos de este mismo lote (pais-eeuu) cuenta la misma guerra desde el otro lado: allí es la «segunda guerra de independencia».
Primera Guerra Mundial
La causa. Al declarar Gran Bretaña la guerra a Alemania, Canadá —todavía sin política exterior propia— quedó automáticamente en guerra. Respondió con entusiasmo: un país de ocho millones envió al extranjero a más de 600.000 hombres, casi todos voluntarios.
El desenlace. El Cuerpo Canadiense se hizo una reputación temible: tomó la colina de Vimy (abril de 1917) donde franceses y británicos habían fracasado, y encabezó la ofensiva de los Cien Días de 1918. El precio, según las cifras oficiales de Veterans Affairs Canada, rondó los 66.000 muertos y 172.000 heridos. La crisis de la conscripción de 1917 partió al país entre el Canadá inglés, favorable al reclutamiento, y Quebec, que se negó en masa.
La huella. Vimy se convirtió en el lugar de nacimiento simbólico de la nación: Canadá firmó el Tratado de Versalles con nombre propio y entró en la Sociedad de Naciones como país, no como colonia. La deuda de sangre de 1914–1918 es el argumento histórico de su autonomía del siglo XX.
El ejército que Canadá enfrentó en Francia y Bélgica era el de la Alemania del káiser, cuya guerra se cuenta en su ficha.
Segunda Guerra Mundial
La causa. Esta vez Canadá declaró la guerra por sí mismo, una semana después que Gran Bretaña —un gesto deliberado de soberanía—, en respuesta a la invasión alemana de Polonia.
El desenlace. Un país de once millones puso en armas a más de un millón de hombres y mujeres. Su marina mercante y de guerra sostuvo la batalla del Atlántico; su ejército desembarcó en la playa Juno de Normandía el Día D y liberó buena parte de los Países Bajos, donde su memoria se venera hasta hoy. Murieron más de 45.000 canadienses, según las cifras oficiales. En casa, la guerra trajo también su página oscura: la internación y el despojo de unos 22.000 japoneses-canadienses, por la que Ottawa pidió perdón formal recién en 1988.
La huella. Canadá salió de 1945 como una potencia media con vocación de mediadora: en la crisis de Suez (1956), su ministro Lester B. Pearson inventó las fuerzas de paz de la ONU y ganó el Nobel. El «canadiense con casco azul» nació de esta guerra.
Sin cruce directo en la casa por ahora; la Segunda Guerra Mundial tiene su hecho propio en la sala de Historia de esta casa.
Guerra de Corea
La causa. La invasión comunista de Corea del Sur llevó a la ONU a su primera guerra; Canadá respondió como aliado occidental y país cofundador de Naciones Unidas.
El desenlace. Más de 26.000 canadienses sirvieron en Corea; la brigada canadiense sostuvo posiciones clave como Kapyong (1951). Murieron 516 canadienses, según la cifra oficial, en una guerra que terminó en armisticio sin tratado de paz.
La huella. Corea fijó el patrón canadiense de posguerra: potencia media atlántica, socia menor pero cumplidora de Washington y de la ONU. Durante décadas fue «la guerra olvidada», hasta que los memoriales y el reconocimiento oficial a sus veteranos llegaron ya en el siglo XXI.
Sin cruce directo en la casa por ahora.
Guerra de Afganistán
La causa. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos, la OTAN invocó por primera vez su cláusula de defensa colectiva y Canadá se sumó a la intervención contra los talibanes y Al Qaeda.
El desenlace. Más de 40.000 militares canadienses pasaron por Afganistán; entre 2006 y 2011 Canadá cargó con el combate duro en la provincia de Kandahar. Murieron 158 militares canadienses, según las cifras oficiales, y la misión de combate cerró en 2011 (la de entrenamiento, en 2014). En 2021 los talibanes volvieron al poder tras la retirada occidental.
La huella. Fue el mayor esfuerzo bélico canadiense desde Corea y reabrió un debate que el país creía cerrado: si su identidad internacional es la del casco azul que mantiene la paz o la del aliado que combate. La discusión sobre qué se logró en Kandahar sigue abierta.
Sin cruce directo en la casa por ahora.
Su historia política · En tres tiempos
La política canadiense del siglo XIX giró sobre tres ejes: construir un país viable junto a un vecino diez veces más grande, repartir el poder entre ingleses y franceses, y ocupar un oeste que no estaba vacío. La Confederación (1867) fue obra de John A. Macdonald y de George-Étienne Cartier, el socio francocanadiense que aseguró Quebec a cambio de una federación que protegía su lengua y su derecho civil. La política nacional de Macdonald combinó aranceles altos, inmigración y el ferrocarril transcontinental (1885) pagado con tierra y deuda. Esa ocupación del oeste se hizo mediante tratados numerados con las Primeras Naciones —firmados, desde la lectura indígena, como pactos de convivencia, y administrados por Ottawa como cesiones de tierra— y bajo la Ley Indígena de 1876, que convirtió a los pueblos originarios en pupilos legales del Estado: el fundamento jurídico de un siglo de tutela y despojo.
El siglo XX canadiense alternó dos largas épocas liberales —Wilfrid Laurier, el primer francófono en gobernar, y William Lyon Mackenzie King, el primer ministro más longevo— con la construcción paciente de un Estado social: el seguro de desempleo, las pensiones y, sobre todo, la sanidad pública universal nacida en Saskatchewan con Tommy Douglas y extendida al país entero en los años sesenta. La otra historia del siglo es la de Quebec: la Revolución Tranquila de los años sesenta modernizó la provincia francófona y parió un movimiento soberanista que llevó al Parti Québécois al poder (1976), a la Carta de la Lengua Francesa que hizo del francés la lengua pública (1977) y a dos referendos de independencia: el de 1980, perdido por el Sí con un 59,6 % de No, y el de 1995, perdido por un suspiro —50,58 % de No contra 49,42 % de Sí, según los resultados oficiales—. Entre medio, el Canadá de Pierre Elliott Trudeau: bilingüismo oficial, multiculturalismo como política de Estado (1971) y la patriación constitucional de 1982. En paralelo corría la historia más oscura: el sistema de escuelas residenciales indígenas, que entre el siglo XIX y 1996 —cuando cerró la última— arrancó a unos 150.000 niños de sus familias para «matar al indio en el niño», según la frase de época que recoge el informe oficial.
El Canadá contemporáneo se define en dos conversaciones que no se cierran. La primera es la reconciliación indígena: la disculpa oficial del primer ministro Stephen Harper en el Parlamento (2008), el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2008–2015) —que calificó el sistema de escuelas residenciales de «genocidio cultural», en su propia expresión— y las 94 llamadas a la acción que el país sigue implementando a medias, entre descubrimientos de tumbas sin marcar en antiguos internados y litigios por tratados que aún se negocian. La segunda es la gestión de su diversidad y de su vecino: un país que recibe unos 400.000 inmigrantes al año, que discute el costo de la vivienda y la sanidad como su política interna permanente, y cuya economía vive atada a la de Estados Unidos —cerca de tres cuartas partes de sus exportaciones—, lo que convierte cada giro de Washington en un temblor doméstico. Quebec, por su parte, no ha vuelto a votar su independencia, pero defiende su lengua con leyes cada vez más firmes. El experimento canadiense —dos lenguas, muchos pueblos, ninguna ruptura— sigue siendo eso: un experimento en curso, sostenido por negociación perpetua.
Hitos de su historia política
1867 · La Confederación — La Ley de la América del Norte Británica crea el Dominio de Canadá el 1 de julio: Ontario, Quebec, Nueva Escocia y Nuevo Brunswick se federan con parlamento propio en Ottawa. Macdonald y Cartier lo logran sin una sola batalla: es el nacimiento por estatuto.
1885 · El ferrocarril y la ejecución de Riel — El Canadian Pacific Railway une el país de costa a costa, cumpliendo la promesa hecha a la Columbia Británica —construyó vías también sobre mano de obra china mal pagada y luego discriminada por ley—. Ese mismo año, Louis Riel es ahorcado por traición tras la rebelión de los métis: héroe fundador para Manitoba y para el Canadá francés, traidor para el gobierno de Ottawa.
1931 · El Estatuto de Westminster — El Parlamento británico reconoce la autonomía legislativa plena de Canadá y los demás dominios. Sin ceremonia de independencia, el país pasa a ser dueño de sus leyes; solo la Constitución quedó en Londres, porque los canadienses no se ponían de acuerdo sobre cómo enmendarla.
1949 · Terranova completa el mapa — Tras dos referendos muy disputados, la colonia de Terranova y Labrador se une a Canadá como décima provincia. El país alcanza por fin su forma actual, del Atlántico al Pacífico y al Ártico.
1965 · Una bandera propia — Tras un debate parlamentario enconado, Canadá adopta la bandera de la hoja de arce y abandona la enseña con la Union Jack. Un trapo, pero también un certificado: el país se reconoce a sí mismo, distinto de su antigua metrópoli y de su vecino.
1969 – 1988 · Bilingüismo oficial y multiculturalismo — La Ley de Lenguas Oficiales (1969) iguala inglés y francés en el Estado federal; la política de multiculturalismo (1971), hecha ley en 1988, declara que la diversidad de orígenes es parte de la identidad nacional. Es el molde del Canadá que recibe al mundo.
1980 y 1995 · Los referendos de Quebec — Dos veces la provincia francófona votó si separarse: en 1980 el No ganó con el 59,6 %; en 1995, con el 50,58 % contra el 49,42 % del Sí —el país entero se salvó por menos de un punto—. La pregunta quedó abierta y dormida, no resuelta.
1982 · La Constitución vuelve a casa — La patriación trae la Constitución a Ottawa con la Carta de Derechos y Libertades, que se vuelve el texto cívico central del país. Quebec no firmó el acuerdo: la grieta sigue escrita en la fundación constitucional canadiense.
2008 – 2015 · La disculpa y la Comisión de la Verdad — El primer ministro pide perdón en el Parlamento por las escuelas residenciales indígenas (2008) y la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2015) las califica de «genocidio cultural» en su informe, con 94 llamadas a la acción. La reconciliación pasa a ser tarea oficial y pendiente del Estado canadiense.
Personajes clave
— Primer ministro fundador (1867–1873, 1878–1891): construyó la Confederación y el ferrocarril; su legado se discute hoy por las políticas indígenas de su época
— El socio francocanadiense de la Confederación: metió a Quebec en la federación a cambio de proteger su lengua, su religión y su derecho civil
— Líder métis del río Rojo y del Noroeste: fundó de hecho Manitoba (1870) y fue ahorcado por traición en 1885; mártir para unos, rebelde para otros
— Primer primer ministro francófono (1896–1911): el artesano del compromiso entre ingleses y franceses y de la gran inmigración que pobló las praderas
— Sufragista de las «cinco famosas»: logró el voto femenino provincial desde 1916 y, en 1929, que las mujeres fueran reconocidas legalmente como «personas» en Canadá
— El primer ministro más longevo del país: gobernó, en tres etapas, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial con una prudencia casi proverbial
— Primer ministro de Saskatchewan y padre de la sanidad pública universal canadiense: el hospital sin factura nació en su provincia
— Diplomático y primer ministro (1963–1968): ganó el Nobel de la Paz por inventar las fuerzas de paz de la ONU en Suez y dio al país su bandera actual
— Primer ministro (1968–1984): bilingüismo oficial, multiculturalismo y la patriación constitucional de 1982; la figura que más marcó al Canadá moderno, admirada y contestada a partes iguales
— Fundador del Parti Québécois y primer ministro de Quebec (1976–1985): llevó la independencia quebequense del café a las urnas en el referendo de 1980
Fuentes: Library and Archives Canada, fondos de la Confederación y documentos de las conferencias de Charlottetown y Quebec (1864) · The Canadian Encyclopedia, «Confederation» y «Constitutional History» · Encyclopaedia Britannica, «Canada — History» · Veterans Affairs Canada, cifras oficiales de muertos y servicio en las dos guerras mundiales, Corea y Afganistán · Canadian War Museum (Ottawa), salas de 1812, Vimy y la Segunda Guerra Mundial · The Canadian Encyclopedia, «War of 1812» y «Canada and the Second World War» · Truth and Reconciliation Commission of Canada, Informe final y sus 94 Llamadas a la Acción (2015) · Gobierno de Canadá, textos del Estatuto de Westminster (1931), la Ley Constitucional de 1982 y resultados oficiales de los referendos de Quebec (Directeur général des élections du Québec) · The Canadian Encyclopedia, «Quebec Sovereignty Movement» y «Residential Schools»