El hombre vuelve al centro
Nace en Italia con la perspectiva, la anatomía y la luz estudiadas como ciencia. Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael llevan la pintura y la escultura a una perfección que todavía se estudia. El arte deja de ser solo religioso y se vuelve también humano.
Historia profunda · En tres tiempos
El inicio está en una Italia de ciudades ricas —Florencia de los Médici a la cabeza— que redescubre los textos y las ruinas de Grecia y Roma y quiere un arte a la altura de ese pasado: ya no basta el símbolo medieval, se busca la realidad misma, estudiada con matemáticas y anatomía.
Arquitectos como Filippo Brunelleschi formulan la perspectiva y pintores como Masaccio la aplican; la culminación llega con tres genios que se vigilan entre sí: Leonardo da Vinci, que une arte y ciencia; Miguel Ángel, escultor que pinta la Capilla Sixtina; y Rafael, el equilibrio perfecto. El movimiento se extiende por Europa con maestros como Alberto Durero en Alemania.
El Renacimiento se agota cuando sus fórmulas se vuelven receta —el manierismo—, pero su conclusión histórica es enorme: pone al ser humano y a la observación en el centro, eleva al artista de artesano a genio y deja el modelo de belleza clásica contra el que —o a favor del que— pelearán todos los movimientos siguientes.











