Historia completa · Como un capítulo de libro · En tres tiempos
1 · Inicio — cómo y por qué empezóLa Francia de 1789 era el país más poblado y admirado de Europa —unos veintiocho millones de habitantes, la lengua de todas las cortes, la filosofía de Voltaire, Montesquieu y Rousseau leyéndose hasta en América— y estaba al borde de la bancarrota. El Estado arrastraba la deuda de un siglo de guerras: la de los Siete Años, la ayuda a los rebeldes americanos contra Gran Bretaña, costeada con orgullo y con préstamos, y una corte en Versalles que consumía una fracción visible del presupuesto y que los panfletos de la época, con exageración y algún fondo de verdad, convirtieron en el símbolo del despilfarro. El problema de fondo no era solo gastar mucho: era no poder cobrar. La sociedad estaba jurídicamente dividida en tres estamentos —el clero, la nobleza y el tercer estado, que era todo el resto, del banquero al mendigo—, y los dos primeros, propietarios de una enorme porción de la tierra, estaban exentos de los principales impuestos directos. El peso fiscal caía sobre campesinos y burgueses, es decir, sobre quienes menos podían organizarse para rechazarlo y, en el caso de la burguesía, sobre quienes más riqueza e instrucción acumulaban sin el menor reconocimiento político.
Los ministros de Luis XVI intentaron lo obvio durante años: reformar. Turgot, Necker y Calonne propusieron por turnos gravar también a los privilegiados, y uno tras otro cayeron por la resistencia de los parlamentos y de la corte. Cuando en 1787 una Asamblea de Notables rechazó las reformas, la monarquía tomó la decisión que la empujó al abismo: convocar los Estados Generales, la asamblea de los tres estamentos que no se reunía desde 1614, ciento setenta y cinco años atrás. Nadie vivo recordaba cómo funcionaba aquello, y el simple anuncio abrió una compuerta: el rey invitó a sus súbditos a escribir sus quejas, y de todo el reino llegaron decenas de miles de cahiers de doléances, cuadernos de quejas parroquia a parroquia, donde el pueblo llano escribió con ortografía vacilante lo que le dolía: los impuestos, las corveas, los derechos de caza de los señores que les arruinaban las cosechas, los diezmos y los precios. Aquellos cuadernos, conservados hoy en los archivos de Francia, son la radiografía de un país que le contaba a su rey, por última vez con buena fe, todo lo que no funcionaba.
En el invierno de 1788 a 1789, además, la naturaleza conspiró con la política: una sequía estival seguida de uno de los inviernos más fríos del siglo, con el Sena helado y los molinos parados, disparó el precio del pan hasta niveles insoportables. El pan no era en la Francia del XVIII un alimento más: era la base calórica de los pobres, y una familia obrera podía gastar la mitad o más de sus ingresos en él; cuando su precio subió, en la primavera de 1789, la revolución de las ideas empezó a caminar sobre estómagos vacíos. En ese ambiente se celebraron las elecciones a los Estados Generales, con una disputa que lo decidiría todo: el voto. Tradicionalmente cada estamento deliberaba por separado y votaba como un cuerpo, lo que garantizaba que clero y nobleza, dos contra uno, vencieran siempre al tercer estado. El tercer estado, al que el gobierno había concedido el doble de diputados —tanta era ya su importancia real—, exigió votar por cabeza. Un clérigo con instinto histórico, el abate Emmanuel Sieyès, lo puso por escrito en enero de 1789 con tres preguntas que se hicieron famosas en semanas: «¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. ¿Qué quiere ser? Algo».
2 · Desarrollo — cómo se desplegóLos Estados Generales se abrieron en Versalles el 5 de mayo de 1789 con una solemnidad de otro siglo —procesiones, misas, uniformes diferenciados por estamento— y se atascaron durante seis semanas en la discusión del voto, mientras el hambre en París crecía. El 17 de junio, los diputados del tercer estado, esgrimiendo que representaban al menos al 96 % de la nación, se proclamaron a sí mismos Asamblea Nacional: era un golpe de Estado en papel, la afirmación de que la soberanía ya no residía en el rey sino en la nación. Tres días después, al encontrar cerrado su salón habitual —oficialmente por los preparativos de una sesión real—, se reunieron en la sala cercana del Juego de Pelota, un frontón cubierto, y allí, de pie sobre el polvo de una cancha deportiva, juraron no separarse hasta dar a Francia una constitución. El juramento del Juego de Pelota es el acta de nacimiento de la política moderna en Francia; de los presentes, solo uno votó en contra. Cuando el 23 de junio el rey ordenó en sesión solemne que cada estamento volviera a deliberar por separado, los diputados del tercer estado se negaron a levantarse y Mirabeau, el orador gigante de la Asamblea, respondió al maestro de ceremonias con la frase que lo hizo inmortal: «Id a decir a vuestro señor que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que no saldremos sino por la fuerza de las bayonetas». Días después, decenas de diputados del clero y algunos nobles se unieron a la Asamblea, y Luis XVI, cediendo en la forma, ordenó a los demás incorporarse también, mientras concentraba tropas alrededor de París y Versalles.
El 11 de julio, el rey despidió a su ministro Necker, el hombre en quien el pueblo confiaba para abaratar el pan y contener el arbitrio, y París lo leyó como el anuncio de un golpe militar contra la Asamblea. El 12, el periodista Camille Desmoulins, subido a una mesa del café de Foy en el Palais-Royal con una rama verde como escarapela, llamó al pueblo a las armas. El 14 de julio de 1789, una multitud de artesanos, tenderos y soldados desertores fue a buscar fusiles a Los Inválidos y pólvora y armas a la Bastilla, la vieja fortaleza-prisión de la entrada este de París, símbolo del despotismo real aunque aquel día custodiaba solo a siete prisioneros: cuatro falsificadores, dos perturbados y un aristócrata disoluto. Tras horas de combate, unos cien asaltantes muertos y la capitulación de su gobernador, el marqués de Launay —que sería linchado en el camino al ayuntamiento, junto con el preboste de los mercaderes—, la fortaleza cayó. La revolución no había tomado un arsenal estratégico: había demostrado que el pueblo de París podía, en un día, derrotar al símbolo armado del rey, y que el rey ya no mandaba en su capital. Cuando Luis XVI preguntó esa noche, según la anécdota más repetida de la revolución, «¿es una revuelta?», el duque de La Rochefoucauld-Liancourt respondió: «No, majestad: es una revolución». La Bastilla sería demolida piedra a piedra y sus piedras vendidas como recuerdos modelados en miniatura; la fiesta nacional de Francia, cada 14 de julio, conmemora hasta hoy no solo su toma sino la fiesta de unidad del año siguiente, la de la Federación, en la que el rey juró la nueva legalidad sobre un altar en el Campo de Marte con cientos de miles de asistentes bajo la lluvia.
El verano de 1789 derribó el viejo régimen por dos vías simultáneas. En el campo, el Gran Miedo: rumores de que los aristócratas habían contratado bandidos para quemar las cosechas recorrieron Francia en semanas —a la velocidad de un caballo y de un miedo—, y los campesinos, armándose para defenderse, terminaron asaltando los castillos para quemar los archivos donde constaban sus obligaciones feudales, que era donde la servidumbre vivía sobre el papel. En Versalles, la noche del 4 de agosto, en una sesión que los historiadores describen como una especie de subasta de renuncias entre lágrimas y abrazos, los diputados abolieron el feudalismo: privilegios fiscales, diezmos, derechos señoriales, venalidad de cargos. En unas horas se desmontó jurídicamente la sociedad de estamentos construida durante siglos. El 26 de agosto, la Asamblea aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, redactada con la participación de Lafayette, el héroe francés de la guerra de América, que había consultado el texto con su amigo Thomas Jefferson, entonces embajador en París: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos» empezaba el artículo primero, y su artículo tercero fijaba la nueva brújula del mundo: «El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación». Cuando en octubre el precio del pan volvió a estallar, miles de mujeres de los mercados de París caminaron bajo la lluvia hasta Versalles —la marcha de las mujeres del 5 de octubre— exigiendo pan y, ya puestas, trayéndose al rey y a su familia a París, entre la chanza macabra de que volvía «el panadero, la panadera y el panaderito». La monarquía quedó, desde entonces, prisionera gentil de su capital: la revolución ya tenía escenario permanente y público armado.
3 · Conclusión — cómo terminó y qué dejóLa década que siguió fue un remolino que este relato solo puede esbozar en sus giros esenciales. La constitución de 1791 convirtió a Francia en monarquía constitucional, pero la huida nocturna del rey hacia la frontera en junio de 1791 —la fuga de Varennes, frustrada porque un maestro de postas reconoció el rostro de Luis XVI comparándolo con el grabado de una moneda— destruyó su credibilidad para siempre: el rey juramentado había intentado escapar hacia los ejércitos enemigos. En abril de 1792 la Asamblea declaró la guerra a Austria, esperando una guerra corta y patriótica, y obtuvo una guerra de veintitrés años contra casi toda Europa. El miedo a la invasión y a la traición interna asaltó París; el 10 de agosto de 1792 el palacio de las Tullerías fue tomado por la multitud y la guardia suiza masacrada, la monarquía cayó, y en septiembre se proclamó la República mientras las prisiones de París eran asaltadas por turbas que ejecutaron a más de mil presos —las masacres de septiembre— ante la pasividad de las autoridades. Luis XVI, convertido en «el ciudadano Capeto», fue juzgado por la Convención, condenado por un voto estrecho —en la votación de la pena fueron 361 votos por la muerte contra 360 por alternativas, una diferencia que la leyenda afinó a un solo voto— y guillotinado el 21 de enero de 1793 en la plaza de la Revolución, hoy de la Concordia, muriendo con una compostura que incluso sus enemigos registraron y tratando de hablar a la multitud hasta que el redoble de tambores, ordenado para ahogarlo, le impidió hacerse oír. María Antonieta, la reina austriaca a la que la propaganda había convertido en símbolo de todos los vicios de la corte —la frase «que coman pasteles» es, conviene decirlo, una atribución falsa: aparece ya en las Confesiones de Rousseau, escritas antes de que ella llegara a Francia—, fue ejecutada en octubre del mismo año.
El gobierno revolucionario, cercado por la guerra exterior, la guerra civil de la Vendée —una insurrección campesina y católica del oeste que costaría, según las estimaciones más citadas, cientos de miles de vidas entre ambos bandos y represalias atroces— y la ruina económica, derivó en la dictadura de emergencia del Comité de Salvación Pública y en el Terror de 1793–1794: con Maximilien Robespierre como su rostro más implacable y la Ley de Sospechosos como instrumento, unas diecisiete mil personas fueron ejecutadas oficialmente tras juicios sumarísimos y muchas más murieron en prisión o sin juicio, mientras el ejército de ciudadanos —la leva en masa de 1793, que puso en armas a una generación entera y cambió la guerra europea para siempre— salvaba a la república en las fronteras. La paradoja quedó escrita a sangre: el régimen que guillotinaba en nombre de la libertad fue también el que movilizó a la nación y derrotó a la coalición de reyes. El Terror se devoró a sí mismo en oleadas —primero los girondinos moderados, después los hebertistas «exagerados», después Danton y los «indulgentes», ejecutados en la primavera de 1794 mientras el verdugo Sanson hacía funcionar la máquina sin descanso— hasta que el 27 de julio de 1794, el 9 de Termidor del calendario revolucionario, la propia Convención arrestó a Robespierre, que subió al patíbulo al día siguiente con la mandíbula destrozada por un disparo, entre los abucheos de una multitud que un mes antes lo aclamaba. Le siguió un Directorio corrupto e inestable que gobernó apoyándose en el ejército, hasta que el 9 de noviembre de 1799 —el 18 de Brumario— un general de treinta años llamado Napoleón Bonaparte disolvió el régimen con un golpe de Estado y se apropió de la revolución coronándose, pocos años después, emperador. La república de la razón terminó en imperio militar, pero por el camino había abolido el feudalismo, proclamado la igualdad ante la ley, confiscado y vendido las tierras de la Iglesia, extendido los derechos civiles a protestantes y judíos y alumbrado el sistema métrico decimal para «todos los pueblos y todos los tiempos», como quiso su divisa.
La conclusión de la Revolución francesa no cabe en su desenlace, porque su verdadero desenlace dura dos siglos. En el balance inmediato: Francia salió de ella con la sociedad de estamentos destruida y un Código Civil —el de Napoleón, de 1804— que exportaría la igualdad legal de los varones propietarios a media Europa y América Latina; pero también con una herida abierta entre revolución y contrarrevolución que partió su vida política hasta bien entrado el siglo XX, con réplicas en forma de dos imperios, dos restauraciones monárquicas, cinco repúblicas y una comuna ahogada en sangre en 1871. En el balance mundial, 1789 fijó el vocabulario con el que aún hablamos de política: izquierda y derecha nacen, literalmente, de dónde se sentaban los diputados en la Asamblea; ciudadanía, soberanía nacional, derechos del hombre y constitución escrita se convirtieron en exigencias universales; y las independencias de América Latina —que vienen en el capítulo siguiente de esta sala— se pensaron en gran parte con categorías francesas y con un miedo francés, el del terror, siempre en el horizonte. La lección ambigua que dejó es la que cada generación ha tenido que reaprender: que un pueblo puede derribar un orden injusto de siglos en unas semanas, y que construir el orden justo que lo reemplace es infinitamente más difícil que tomar la Bastilla; que las ideas de libertad e igualdad, una vez impresas y juradas en público, ya no pertenecen a quienes las proclaman y escapan a cualquier intento de guardarlas bajo llave; y que la revolución, como escribió el historiador Jules Michelet, fue ante todo la entrada del pueblo entero —campesinos con horcas, mujeres de los mercados, soldados ciudadanos, abogados de provincia con cuadernos de quejas— en el escenario de la historia, del que ya no volvería a salir.